¿Qué pasa con el desayuno colombiano cuando las personas duermen?

Descansa en el freezer.
¿Qué no puede faltar en un cumpleaños? “Tequeños”, me respondió mi amigo venezolano cuando fui a visitarlo hace un año. Su imagen se me vino a la mente cuando un sábado a la mañana por Villa Crespo entré a un local de comida colombiana y me puse a charlar con el chico que atendía. Él también era venezolano y había venido a vivir a Buenos Aires pocos meses atrás.

El desayuno que tomé en ese lugar fue como detenerse en el tiempo. No sólo porque en cada pedacito de pan de bono y en cada sorbo del licuado de guanábana se me reavivaban momentos de fiestas con torta mordida por la cumpleañera, de militares con grandes metralletas en sus caderas, de calles angostas empedradas con banderas cayendo de los balcones, de carteles colgados en restoranes con el símbolo de prohibido portar armas, sino también porque todos los sabores estaban congelados. Los licuados los hacían con pulpa de fruta freezada que era traída de Colombia, pasando por setecientos cambios climáticos. Luego era mezclada con leche o agua. El pan era una masa cruda atemporal sacada de la heladera que el chico moldeada en forma circular y cocinaba por veinte minutos en un horno eléctrico.

El venezolano del local estaba contento por estar viviendo en Argentina, pero algo triste por estar lejos de su ciudad. Yo estaba feliz por volver a hacer cuerpo esos sabores que, congelados y con menos gusto, sabían más intactos que nunca. Estábamos en el lugar indicado.

Carla Bleiz

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